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DESPERTA FERRO Historia Moderna 38

 DESPERTA FERRO EDICIONES - Crimea (I) Balaclava -

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DF-HM38

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Cuando estalló la Guerra de Crimea, Mijaíl Pogodin, el historiador ruso más influyente de la época de Nicolás I, advirtió que el imperio se aproximaba a una encrucijada: “Ha llegado el momento más grande de la historia de Rusia –más grande tal vez que la época de Poltava y Borodinó–. Si Rusia no avanza, retrocederá; esa es la ley de la historia”. Esa fue la esencia del conflicto en muchos sentidos. En palabras del historiador Orlando Figes, esta contienda fue la última cruzada y la primera guerra moderna. Esta simbiosis en apariencia contradictoria cobra sentido cuando se analizan las causas que llevaron a la ruptura del orden que había mantenido la paz en Europa desde la derrota de Napoleón en 1815. Todas ellas pivotan en torno a la llamada “cuestión oriental”, derivada del progresivo deterioro del Imperio otomano. El apoyo que la Rusia zarista, baluarte de la autocracia y la tradición, brindó a los nacionalismos balcánicos por razones religiosas y étnicas, chocó de pleno con los intereses de las potencias occidentales, el Reino Unido y Francia, epítomes del liberalismo comercial, que deseaban mantener con vida a la Sublime Puerta para ampliar a su costa las respectivas influencias en Palestina y Siria. Si a ello le sumamos las ambiciones enfrentadas en Asia central, que tratamos en nuestro n.º 11 (El Gran Juego), los paralelismos con la guerra fría que mantienen en la actualidad Rusia y los Estados líderes de Occidente en la región se hacen evidentes. Entonces, la escalada, tras una apertura desafortunada para los ejércitos del zar en la frontera ruso-turca del Danubio, se trasladaría a otro punto conflictivo en la actualidad, la península de Crimea, donde desembarcó una fuerza expedicionaria franco-británica para atajar el poder ruso en el mar Negro. La de Crimea fue la primera guerra industrial de la historia; en ella se utilizaron a escala masiva el fusil de ánima rayada, el barco de vapor, el ferrocarril y el telégrafo. Sin embargo, también fue una guerra entre caballeros. La fatídica carga de la Brigada Ligera, en la batalla de Balaclava –epicentro de este primer número que Desperta Ferro dedica a la Guerra de Crimea–, es sin duda el hecho más memorable de la contienda. Fruto de una cadena de errores, el sacrificio inútil de los jinetes británicos devendría en símbolo de la falta de adaptación del Ejército británico a los tiempos modernos desde Waterloo y, al mismo tiempo, se alzaría como paradigma del suicida romanticismo byroniano tan en boga en las islas británicas por entonces. Y aún estaban por llegar las penurias del sitio de Sebastopol…

 

 

La Cuestión Oriental y los orígenes de la Guerra de Crimea por Lucien Frary – Rider University

Antaño considerados “señores del horizonte”, a principios del siglo XVII los ejércitos otomanos ya no hacían temblar Europa de pavor. Una serie de reveses militares revelaron que el imperio había perdido distancia con respecto a Occidente. A comienzos del siglo XIX su economía estaba en crisis. La importante minoría cristiana y la fuerza del nacionalismo amenazaban su estabilidad sociopolítica al tiempo que su liderazgo espiritual parecía estancarse. En términos culturales, tecnológicos y financieros, los dominios del sultán se hallaban moribundos. El comentario del emperador Nicolás I que aludía al Imperio otomano como “el enfermo de Europa” sintetizaba el parecer de los observadores perceptivos. Los sesgos fueron esenciales en la “Cuestión Oriental”, el concepto diplomático, periodístico e histórico relativo a los problemas asociados con el aparente debilitamiento de la autoridad otomana y la obligación de los Estados europeos de impedir o controlar el colapso del imperio.

 

La campaña del Danubio por Candan Badem

Las primeras batallas de la Guerra de Crimea no se libraron en aquella región, sino a lo largo del Danubio, en el mar Negro y en las fronteras del Cáucaso. Al igual que en las demás guerras ruso-otomanas, el teatro danubiano o balcánico del conflicto fue el más importante para ambos imperios. Hasta abril de 1854, cuando Francia y Gran Bretaña entraron en la guerra del lado otomano, esta no fue más que otro conflicto ruso-turco. Rusia inició la guerra de facto al cruzar la frontera del río Prut y ocupar los principados danubianos (los dominios otomanos de Moldavia y Valaquia) en julio de 1853. La Sublime Puerta declaró la guerra a Rusia el 4 de octubre tras largas negociaciones diplomáticas. Los otomanos optaron por una estrategia defensiva y su ejército regular combatió bien contra las fuerzas rusas; demostró que, bajo un liderazgo acertado, era capaz de frenar las ofensivas enemigas e incluso pasar al contraataque.

 

Las fuerzas aliadas franco-británicas por Anthony Dawson

El Reino Unido y Francia habían declarado la guerra a Rusia el 27 de febrero de 1854. La alianza se revelaría incómoda, pero aceptable a la postre para ambas potencias. Para Napoleón III marcó el fin del Congreso de Viena de 1815, y para los británicos supuso contar con un aliado europeo fuerte que podía librar una guerra terrestre mientras ellos se valían del potencial de la Royal Navy para bloquear los puertos rusos en una guerra económica de desgaste, una estrategia que el Reino Unido había usado durante más de un siglo. Una vez que sus fuerzas expedicionarias llegaron al escenario oriental, quedó patente que ambos ejércitos no podían ser más diferentes. Mientras que el británico contaba con una oficialidad de origen aristocrático y carecía de tren de bagajes y de servicio de ambulancias, el francés promovía una oficialidad meritocrática y gozaba de una intendencia centralizada y funcional.

 

El desembarco en Crimea y la batalla del Almá por Edward M. Spiers – University of Leeds

Como primera batalla de la guerra de Crimea entre las fuerzas aliadas y las rusas, la del Almá fue una prueba importante para los principales beligerantes. Británicos y franceses, que todavía sufrían los efectos del cólera que habían contraído en Bulgaria, se enfrentaban a un despliegue ruso en grandes masas en las colinas frente al río Almá. Pese a ello, hicieron retroceder a los rusos y tomaron las alturas en un enfrentamiento encarnizado y costoso. Sin embargo, no pudieron explotar su éxito al no perseguir al enemigo en retirada ni avanzar rápidamente hacia Sebastopol. La mala planificación de los británicos, que no se procuraron transporte en el desembarco inicial, y la falta de acuerdo entre los comandantes aliados, echarían por tierra las oportunidades tácticas y estratégicas.

 

Los servicios médicos de la Guerra de Crimea por Yulia Naumova

Es frecuente pensar que la tecnología de la muerte progresa mucho más rápido que la capacidad de atender a las víctimas. Así fue, indudablemente, en la Guerra de Crimea. La medicina militar avanzó de forma considerable durante las Guerras Napoleónicas con progresos como la creación de unidades móviles, el desarrollo de la evacuación médica, la comprensión de la importancia de los protocolos de atención y la evolución de la cirugía militar, que incrementaron muchísimo las esperanzas de supervivencia en el campo de batalla. A pesar de estos avances, la medicina militar de Francia, Rusia y el Reino Unido seguía resultando algo primitiva, pues su concepción de las enfermedades era confusa y la era de la investigación bacteriológica no había llegado todavía. La falta de una anestesia y una inmovilización adecuadas, amén de la ausencia de esterilización y de antisépticos, lastraron su eficacia.

 

La batalla de Balaclava por Edward M. Spiers – University of Leeds

La batalla de Balaclava fue el primer combate entre el ejército ruso de campaña, que se mantenía astutamente el este de Sebastopol, y las fuerzas aliadas que protegían su base estratégica en aquella población. Merced a su ventaja en cuanto al número de hombres, caballos y cañones, los rusos aprovecharon la sorpresa causada por su ataque para apoderarse de todos los reductos del perímetro exterior de las defensas, tras lo cual amenazaron Balaclava con su caballería. La heroica resistencia del 93.º de Highlanders pasaría entonces a la historia como la “delgada línea roja”, mientras que la carga, colina arriba, de la Brigada Pesada, sería elogiada por dispersar a un cuerpo mucho más numeroso de jinetes rusos. Estos combates ayudaron a los aliados a ganar un tiempo precioso que les permitió traer refuerzos desde Balaclava y salvaguardar su retaguardia.

 

La carga de la Brigada ligera por Anthony Dawson

La Brigada ligera había permanecido expectante mientras se desencadenaba el drama de la fase inicial de la batalla de Balaclava. Hacia las 10:00, las “colinas de la calzada”, que dividían el campo de batalla en los valles del norte y el sur, seguían en manos de los rusos. La Brigada Pesada los había expulsado del valle sur, pero se mantenían con firmeza en la entrada del valle norte y en las colinas de Fediukin. Poco después, lord Raglan, consciente de que su gran mentor, Wellington, jamás había perdido un cañón en acción, envió su “Cuarta orden” a la Brigada Ligera de lord Cardigan: “Lord Raglan desea que la caballería avance rápidamente hacia el frente, que siga al enemigo y trate de impedir que este se lleve los cañones”. Aquel fue el inicio de la fatídica carga de la Brigada Ligera, que se saldaría con 110 de sus hombres muertos, 129 heridos y 32 prisioneros, además de la pérdida de 332 caballos.

 

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